Acostumbremos el paladar

Jengibre y wasabi

Muchos recordamos nuestra primera vez con los sabores más extraños, desconocidos o potentes. Yo recuerdo especialmente mi primera vez con la sidra y con el wasabi . Con la primera me pareció imposible que pudiera llegar a beberme ese culín a la velocidad de la luz y disfrutar a su vez de ese trago tan ácido y abundante, sí, abundante e interminable. No recuerdo la edad que tendría y aunque si la recordara tampoco la diría por aquello de evitar, o al menos alargar, la precocidad en la ingesta de alcohol. Aunque, por otro lado, mucho mejor ser precoz en la ingesta de sidra que de calimocho o lo que sea que beben ahora los adolescentes. Lo mejor de esa primera vez con la sidra fueron los efectos secundarios. ‘Pero, ¡si esto sabe a Mistol!’ – fue mi primera reacción al probar el wasabi en un japonés de Barcelona en mi época universitaria. Y quizá hoy en día me sigue sabiendo un poco a Mistol, pero quién dice que ese sabor, en su justa medida, no pueda llegar a ser placentero combinado de la manera adecuada.

Lo cierto es que nuestra memoria gustativa almacena esos sabores y a veces nos juega malas pasadas cuando están camuflados con otros. Nos revienta que un sabor nos resulte familiar y no sepamos identificarlo, nos pasa a todos, hasta a los foodies más eruditos. El primer sabor con el que identificas el jengibre es con el de la colonia de tu padre, pero es cuestión de tiempo y de práctica. A la tercera suele ir la vencida, el jengibre es jengibre y hasta nos empieza a gustar ese regustillo que deja en la boca.

Cuantas veces habremos oído eso de que ‘hay que acostumbrar el paladar’. Eso sí, parece que el paladar de los niños no hay que acostumbrarlo. Solo el de los adultos, no vaya a ser. En el último número de Tapas Magazine leía como los menús infantiles son cada vez más básicos – y más caros. Macarrones con tomate o pizza, croquetas o patatas fritas y de postre, helado. No es cuestión de arriesgar e introducir productos demasiado fuertes o innovadores, pero tampoco de ir a lo fácil y alimentar a los chavales a base de hidratos de carbono y azúcares cuando comen fuera de casa.

Gastronómicamente hablando, hoy en día parece que hay dos tipos de personas, los neófobos, que rechazan los alimentos desconocidos e innovadores y los neófilos, en los que prima la atracción por probar cosas nuevas. Afortunadamente parece que estos últimos van abundando más y son la clara evidencia de que el paladar, amigos, se acostumbra muy fácil a todo. Lo mismo que cuando de pequeño no te gustaba la cerveza y ahora no podrías vivir sin ella. Ahora estamos más familiarizados con productos diferentes por la globalización y se está más dispuesto que hace un par décadas a probar sabores distintos. Si algo ha traído bueno esta moda foodie es que casi nos obliga a no poner resistencia a sabores o productos estrambóticos. Y a dejarnos llevar – y deleitar- por ese gran aliado del placer al que, a veces, tenemos que entrenar y acostumbrar.

1 Comentarios

  1. Ruper

    A veces nuestra memoria nos «engaña» y no nos deja reconocer que tal o cual comida nunca puede ser mejor que el arroz con leche de mi abuela , por ejemplo.

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